Así destruyó el ejército de la II República el falso Estado catalán de Compayns hace 86 años

Así destruyó el ejército de la II República el falso Estado catalán de Compayns hace 86 años
noviembre 15 16:49 2020

A eso de las siete de la mañana del 7 de octubre de 1934, tal día como hoy, el ejército de la Segunda República penetró en el Palacio de la Generalitat con un solo objetivo: detener a Lluís Companys, el mismo hombre que, poco antes, había proclamado una República catalana ilegal aprovechando la controvertida situación que vivía por entonces el país. La batalla, si es que puede llamarse así, que acabó con aquella locura apenas se extendió unas horas. Un suspiro, si se prefiere, desde el punto de vista militar.

Y su artífice fue un general, Domingo Batet, al que se le entregó la Cruz Laureada de San Fernando por restituir el orden y hacerlo sin apenas bajas para ambos bandos. El mismo hombre que, orgulloso, escribió después al Gobierno: «General cuarta división a ministro Guerra – En este momento, seis y treinta, ex presidente de la Generalidad solicita cese hostilidades, entregándose incondicionalmente a mi autoridad. Yo me complazco en comunicárselo a V. E.; […] con satisfacción [hago] presente [el[ brillante comportamiento [de] todas [las] fuerzas mis órdenes, si bien a costa de sensibles bajas que comunicaré oportunamente».

A traición, así fue como Companys proclamó un estado ilegal que no se extendió en el tiempo ni diez horas. El «president» se aprovechó de un agitado momento político cuyos pilares se habían levantado apenas un año antes. Para ser más concretos, en noviembre de 1933. Fue en esa fecha cuando -tras la celebración de las correspondientes elecciones generales- el presidente de la República otorgó al líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux, la responsabilidad de formar gobierno.

La decisión fue llamativa, pues su grupo era el segundo en votos por detrás de la CEDA (una popular confederación católica de derechas mal vista por los sectores más radicales de la izquierda). Sin embargo, aquel extraño movimiento se interpretó como una solución para evitar futuros conflictos políticos.

El Partido Radical se puso así al frente de España. Sin embargo, el 4 de octubre de 1934 Lerroux decidió incluir en su gobierno a tres ministros de la CEDA. Entre ellos destacaba José Oriol Anguera de Sojo, un abogado odiado por muchos partidos de izquierdas y los sectores más independentistas. «Había dirigido la acusación pública en cientos de confiscaciones y numerosas multas impuestas contra [el diario] “El Socialista”. […] Era asimismo un enemigo acérrimo de Esquerra Republicana de Catalunya, el partido que gobernaba la Generalitat», explica Paul Preston en su obra « El holocausto español, Odio y exterminio en la Guerra Civil y después».

Inmediatamente, la izquierda se puso en guardia y llamó a la revolución mediante los diarios afines. Algo que ya venían haciendo desde hacía semanas periódicos como «El Socialista»: «La responsabilidad del proletariado español y de sus cabezas puede ser enorme. Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado».

Poco después se organizó una movilización que buscaba ser masiva. «La entrada de la CEDA en el gobierno supuso el pistoletazo de salida para la huelga general e insurreccional», explica Antonio Liz Vázquez en su obra « Octubre de 1934, Insurrecciones y revolución». El 5, por orden del Comité Revolucionario, los parones se generalizaron en Madrid, Barcelona, Valencia, Oviedo y Bilbao. Había comenzado la revolución de octubre.

Madrid fue una de las ciudades en las que más se extendió la huelga, aunque los revolucionarios nunca tuvieron posibilidades reales de victoria. En palabras de Preston, «tanto ruido acerca de la toma del poder por parte de las milicias revolucionarias acabó en nada». El mismo autor señala que «el Ejército se hizo cargo de los servicios básicos» y que las panaderías y el transporte público funcionaron casi con normalidad. Al poco fueron detenidos también los líderes de las revueltas. Al final, el enfrentamiento se saldó con unos enfrentamiento aislados y un gran número de detenidos.

Con todo, y aunque que se detuvo a los exaltados una semana después, durante las primeras jornadas si se masticaba en la capital la tensión revolucionaria contra el gobierno.

En Cataluña, la otra gran ciudad española, la movilización sí consiguió algo más seguimiento. En Barcelona, por ejemplo, la discordia fue máxima durante las primeras horas de la huelga debido a la separación que había entre las tres fuerzas predominantes: la Generalitat, Alianza Obrera y la CNT. En las regiones cercanas la situación fue similar. Los comités locales tomaron los pueblos y esperaron unas instrucciones de Barcelona que jamás llegaron.

La situación, por tanto, era más que tensa en España el 6 de octubre. Y fue ese desconcierto el que usó el presidente de la Generalitat Lluís Companys para dar su golpe de Estado y proclamar la independencia de Cataluña «dentro de la República Federal de España». Sin apoyo de los trabajadores, según unos, y presionado por pequeñas fuerzas secesionistas, según otros, movió ficha contra la República.

El diario ABC publicó, el día 11 de octubre de 1934, un artículo en el que relataba los hechos sucedidos el 6. El extenso reportaje iba firmado por Antonio Guardiola bajo el titular «El golpe de Estado de la Generalidad» y comenzaba explicando cómo se vivieron las horas previas a la proclamación:

«La plaza de la República fue llenándose de gente y en particular de jóvenes afiliados al [partido secesionista] Estat Catalá, somatenistas y partidarios de la Esquerra. Todos iban armados y algunos llevaban, además de una magnífica carabina Winchester, una soberbia pistola automática, a veces ametralladora y, en general, material moderno y excelente».

A lo largo de la tarde, Guardiola vio con desconcierto que el coche de Companys «no ostentaba la bandera de la República, sino solamente la catalana». El presidente, además, rehusó ver durante aquella jornada a los periodistas, algo poco habitual en él. Horas después todo quedó explicado cuando Companys subió al balcón de la Generalitat rodeado de varios políticos de su partido.

«Serían ya las siete y cuarto. […] Badía y otros jefes del [partido] Estat Catalá comenzaron a vitorearlo y aplaudir frenéticamente, dando vivas a Cataluña libre y otros que eran contestados a coro por los entusiastas», señalaba el reportero de ABC. En sus palabras, cuando se acercó al balcón del edificio la plaza se hallaba llena de sus partidarios. Es decir, de «adictos al Estat Catalá, Alianza Obrera o simpatizantes de la Esquerra». En ese momento se completó la traición cuando Companys se dirigió a sus partidarios.

«¡Catalanes! Las fuerzas monárquicas y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República han logrado su objetivo y han asaltado el poder. Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones. […] Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al Gobierno de la Generalitat, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas».

El político continuó su soflama:

«Con el entusiasmo y la disciplina del pueblo nos sentimos fuertes e invencibles. Mantendremos a raya a quien sea, pero es preciso que cada uno se contenga, sujetándose a la disciplina y a la consigna de los dirigentes». […] ¡Catalanes! La hora es grave y gloriosa. El espíritu del presidente Maciá, restaurador de la Generalidad, nos acompaña. Cada uno en su lugar y Cataluña y la República en el corazón de todos».

Tras su discurso tomó la palabra Ventura Gassol, también político de Esquerra Republicana:

«¡Catalanes! Ya habéis oído al honorable presidente de la Generalidad […] Os pido que marchéis por toda Barcelona y por toda Cataluña a llevar la nueva e histórica proclamación del Estado Catalán».

Acabado el discurso, Companys inició una ronda de llamadas para ganar adeptos a su causa. El primer dirigente al que se dirigió fue al general Domingo Batet, jefe de la IV División Orgánica y «catalanista moderado» (tal y como afirma Pierre Broué en su obra « Ponencias presentadas al Coloquio Internacional sobre la II República Española»). El presidente solicitó al militar que se pusiese a sus órdenes para «servir a la República Federal que acabo de proclamar». Se llevó una sorpresa, pues el oficial se mantuvo fiel a España y a su legalidad vigente. «Batet fue un militar catalán a quien su catalanismo no arrastró en octubre de 1934», explica el historiador Santos Juliá en su dossier «Un general catalán en el ejército español».

Companys tuvo más suerte con el comandante Enrique Pérez Farrás, el jefe de los Mossos d’Esquadra, quien sí se adhirió a la causa secesionista. Su decisión pronto la conoció el mismo Domingo tras hacerle una llamada. «Batet exigió a […] Farrás […] que se presentase en la Capitanía General para ponerse a sus órdenes y poder así restablecer la situación. Este le respondió que solo obedecería al presidente de la Generalitat», explica Miquel Albamur Lleida en « La voz callada de Cataluña». El mando policial puso posteriormente a un centenar de agentes a las órdenes de Lluís Companys.

Batet, por su parte, no se dejó amedrentar tras conocer las intenciones de Farrás. Después de hablar con Companys telefoneó al presidente Alejandro Lerroux y, según sus órdenes, inició los preparativos para acabar con la rebelión secesionista. «Tras recibir refuerzos de Marruecos, el general declaró el estado de guerra», determina Luis E. Íñigo Fernández en su obra « Breve historia de la Segunda República española».

Broué es partidario de que «todos los militares y la mayoría de las unidades policiales obedecieron las órdenes» de Batet y no se declararon partidarios de los secesionistas. Lo mismo ocurrió con los Guardias de Asalto de la zona, que se desprendieron de las insignias de la Generalitat. Posteriormente, comenzó la movilización de tropas para acabar con los defensores.

El político e historiador Jesús Pabón explica en su obra « Cambó: 1876-1947» el desarrollo de la batalla. En sus palabras, el comandante Fernández Unzúe fue el primero en arribar a las cercanías de la Generalitat en la noche del 6 de octubre. Lo hizo junto a cincuenta hombres y dos piezas de artillería de Montaña. «A las once y media se les unió una compañía del Regimiento de Infantería número 10. A la una de la madrugada [del día 7] una compañía de ametralladoras mandada por el capitán Quiroga Nieto les reforzó», explica el experto.

El combate se desarrolló de forma rápida. En una serie de artículos publicados el 9 de octubre, el diario ABC hizo una relación pormenorizada de los hechos sucedidos frente a la Generalitat. En palabras de los reporteros de la época, el «general Batet dispuso que dos compañías de infantería abrieran fuego de fusilería contra el edificio» después de que sus fuerzas fueran atacadas por los Mossos. El militar llamó a los defensores a rendirse en múltiples ocasiones, pero estos se negaron.

Con todo, el general Batet se negó en todo momento a tomar la Generalitat por la fuerza. Su máxima era que no se produjera un baño de sangre y que no hubiese bajas en ninguno de los bandos. De hecho, desoyó las palabras del mismo ministro de Guerra, quien le ordenó acabar a toda prisa con los defensores. «Si intento ahora, a las dos de la madrugada, tomarla […], la tomaré, pero me costará sensibles bajas; en cambio, al amanecer la tomaré sin sangre. Señor Ministro, no se preocupe, acuéstese, duerma y descanse», le dijo el de Tarragona.

El general intentó una y otra vez que los Mossos y el Govern se rindiesen, pero solo obtuvo silencio o negativas por respuesta. Así pues, unas horas después decidió intimidar con artillería a los rebeldes. «A las cuatro y media [de la madrugada], en vista de que persistían en su actitud de rebeldía, se abrió fuego de cañón sobre el citado palacio», explicaba el ABC en un artículo titulado «Ante los disparos de cañón, el presidente de la Generalidad se entrega». Efectivamente, los defensores acabaron con su intento secesionista cuando se percataron de que poco podían hacer ante el despliegue del ejército.

«Salieron emisarios dando cuenta de que el presidente se entregaba a discreción a la autoridad militar. El presidente, Sr. Companys, se apresuró a invocar ante los emisarios del Ejército su calidad de presidente […] para no ser juzgado en Consejo de guerra sumarísimo y sí por el Tribunal de Garantías de la Constitución», se podía leer en ABC. A las cinco se tomó el aeródromo de la Generalidad.

Batet contactó entonces con el gobierno central para informar de que no necesitaba refuerzos y que le «sobraban» hombres para acabar con los últimos conatos rebeldes. No le faltaba razón, pues la gran cantidad de soldados y militantes de partidos independentistas que había prometido Josep Dencàs (consejero de gobernación) a Companys quedaron en nada

Finalmente, Batet informó de la derrota del «Estado Catalán» con el siguiente telegrama: «General cuarta división a ministro Guerra – En este momento, seis y treinta, ex presidente de la Generalidad solicita cese hostilidades, entregándose incondicionalmente a mi autoridad. Yo me complazco en comunicárselo a V. E.; […] con satisfacción [hago] presente [el[ brillante comportamiento [de] todas [las] fuerzas mis órdenes, si bien a costa de sensibles bajas que comunicaré oportunamente».

La Generalitat había caído, pero todavía faltaban algunos cabos sueltos para que el desafío secesionista acabase por completo. Y es que, para empezar hubo que buscar a varios consellers que habían escapado del edificio antes de la capitulación. La lista estaba formada por Miguel Badía, jefe de la policía de Barcelona, el propio Dencás y -en palabras de ABC- «Pérez Ferrero, Pérez Salas y […] el ex director de Seguridad Sr. Menéndez, que logró huir por el subterráneo del palacio». El resto del Govern quedó preso provisionalmente en el vapor «Uruguay», ubicado en el puerto.

Como curiosidad, el 10 de octubre el diario ABC publicó una noticia en la que informaba de cómo 70 Mossos d’Esquadra se habían entregado «a la Benemérita» en Barcelona: «Alrededor de las siete de la mañana del domingo, cuando se supo por radio la rendición de la Generalidad, llegó […] un grupo de unos setenta guardias de la Generalidad, en correcta formación, precedidos por uno de ellos que llevaba un pañuelo blanco en la mano. Al llegar […] se alinearon en correcta formación, entregándose a la Benemérita, quien les desarmó y les mandó detenidos en una camioneta».

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