Crítica de «Pinocho»: Buena madera, buen carpintero y alquimia justa

Crítica de «Pinocho»: Buena madera, buen carpintero y alquimia justa
noviembre 13 01:49 2020

El cuento de Carlo Collodi, «Las aventuras de Pinocho», ha sido adaptado al cine en casi medio centenar de ocasiones, en todo tipo de formatos, colores y naturalezas, aunque la mayoría de ellas en el modelo que le es más propio, el de la animación. Y hay que decir que no con excesiva fortuna, dejando fuera, claro, la adaptación de Disney. Es interesante fantasear con los hilos que han movido a un director como Matteo Garrone, que maneja la precisión hiperrealista y también el espejo cóncavo para reflejar la vida a su alrededor (caso de «Gomorra», o de «Dogman»), para adaptar a su estilo expresivo la historia de un muñeco de madera que ha de ir puliendo sus numerosos defectos para conseguir su anhelado sueño de convertirse en persona de carne y hueso. Probablemente, Garrone se ha sentido atraído por los vínculos de la idea primigenia de Collodi y su mensaje moral, o moralista, con la influencia actual en la sociedad de aspectos éticos como lo original, la imitación, los deseos de traspasar los límites de nuestra naturaleza y la cantidad de juicios, prejuicios y vicios que nos lo impiden. La mentira, el cambalache, la necedad, la falta de solidez de los principios, el hechizo por el espectáculo y la variedad de cebos que nos rodean, ser (pensar) como los demás…

Garrone le echa carne a su historia, carne casi «felliniana» y turbia, con una composición de personajes tremendista y con una fidelidad a la letra que él mismo se ocupa de oscurecer con una puesta en escena barroca, llena de sorpresas visuales y una gran ensalada de simbolismo. La presencia de un actor como Roberto Benigni, un Geppeto infantil en su ternura paternal, le procura un conmovedor sarcasmo y picardía a la peripecia deambulante y gamberra del muñeco, que interpreta el niño Federico Ielapi con un aspecto que va de la grima a la conformidad o familiaridad. Si no hay grandes sorpresas en el desarrollo de la aventura (fiel a la historia), sí las hay, en cambio, en su brillantez técnica y en su trabajado diseño de personajes inquietantes y visualmente prodigiosos. Por decirlo de algún modo, este Pinocho llega más contundente a los ojos que al corazón.

Garrone le echa carne a su historia, carne casi «felliniana» y turbia, con una composición de personajes tremendista y con una fidelidad a la letra que él mismo se ocupa de oscurecer con una puesta en escena barroca

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