Dos grandes ejemplos sobre el arte de empinar el codo

Dos grandes ejemplos sobre el arte de empinar el codo
noviembre 18 10:48 2020

Algunas de las mejores frases sobre el alcohol y sus bondades las han dicho grandes personajes que ya están muertos, y algunos a temprana edad, como Jim Morrison, que soltó aquello de que “el día que leí que el alcohol era malo para la salud, dejé inmediatamente de… leer”. Probablemente por azar, el Festival sacaba juntas a la competición dos películas muy, muy buenas sobre el alcoholismo, tan buenas que uno salía de la sala con ganas de brindar por ellas. Una era británica, aunque con alma irlandesa, un documental de Julien Temple (pagado por Johnny Depp, que es de los que predica que más vale borrachuzo famoso que alcohólico anónimo) sobre la genial figura de Shane MacGowan, y la otra era danesa, del fantástico y listísimo Thomas Vinterberg, y se titulaba “Druk (Another Round)”, tan seca, fuerte, transparente y turbia como un buen pelotazo de vodka.

La primera: quien no conozca a Shane MacGowan es demasiado joven o demasiado viejo, pues se trata del tipo impresentable que llegó justo después de los Sex Pistols para dejarlos poco menos que en el lugar de unos burguesitos pijos. MacGowan, un “paddy” auténtico que empezó a beber a los tres o cuatro años por consejo familiar, que era feo como una gárgola, que tenía un talento sublime para impregnar de poesía y tradición lo “punky”, que fundó el inenarrable grupo The Pogues y al que nunca, nadie, vio sin una copa en la mano.

Sobre él y con él (o sus despojos) hace un documental Julian Temple, niñez, infancia, juventud y vejez, que lo descoloca a uno más que un bofetón bien dado. Envejecido, tembloroso, impedido y con la voz de escarcha y baba se lo cuenta todo a sus interlocutores y entrevistadores, entre ellos, Johnny Depp (otro perla), y ese todo es su vida, tan extrema, radical, musical e intraducible a lo vulgar que produce, tras el estupor y el gesto de santiguarse, una total conmoción y un seísmo de encanto y admiración. La música, la palabra, la física y los materiales del documental (desde la animación al archivo) son geniales y demoledores.

La segunda y definitiva: como en “La caza” desnudaba la persecución vecinal a un impoluto profesor, el director de “Celebración” desnuda ahora, en “Druk”, algo que el mundo no sabe cómo vestir ni desvestir: el efecto del alcohol, las virtudes del pimple, el as en la manga que proporciona darle al frasco, también el riesgo y las contrariedades que tiene. Película amoral, o sin moral, en cierto modo equidistante (¡peligro!) entre el elogio y el reproche a ese hallazgo de uno mismo con su mejor yo cuando encuentra “el puntito justo” que puede dar el alcohol.

Sostienen sus personajes, profesores de instituto, que el ser humano nace con un déficit de 0,5 de alcohol en su cuerpo, y que consigue el equilibrio bebiéndoselo, y se lanzan a un experimento deslumbrante para sus vidas laborales y familiares. Lamento no poder hacer una crónica más de trago largo sobre esta lúcida y magnífica película que transmite como pocas el rumor de la depresión (la edad, la vida, el curro…), el estruendo del arte de beber, o de beber y el arte, y la bendición del “puntito” o la maldición de los muchos puntos de sutura.

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