El rupturismo gallego se hace añicos en solo cuatro años

El rupturismo gallego se hace añicos en solo cuatro años
agosto 13 20:46 2020

Era 2016 y la unión de las Mareas, Podemos, Esquerda Unida y Anova en En Marea conseguía su objetivo en las elecciones autonómicas: ser segunda fuerza. En este caso fue un sorpasso con cierto sabor amargo: sí se produjo en votos, pero en escaños la confluencia liderada por Luís Villares, convertido en la gran esperanza de la izquierda y en una especie de Manuela Carmena gallega, se quedaba empatada a 14 con el PSdeG, liderado en ese momento por Xoaquín Fernández Leiceaga.

Con todo, ese resultado era más que suficiente para que Villares fuese líder de la oposición, aunque no consiguiesen el objetivo último de gobernar Galicia. El impulso de Podemos en aquel momento, que venía de ser tercera fuerza con 71 escaños en las generales, pero no conseguir el adelanto al PSOE, no fue suficiente. Conseguiría la mayoría el PP, que planteó que «En Galicia sí» existían mayorías y aritméticas posibles que hiciesen desbloquear el Gobierno. Estos comicios se celebraban tres meses después de esa repetición de las generales, que finalmente acabarían con un pacto de PP y Cs y las 68 abstenciones dramáticas en el PSOE.

Poco duró la paz en el seno del segundo grupo parlamentario de Galicia, que en aquel momento gozaba de las alcaldías de las tres grandes ciudades de la provincia de La Coruña. Las polémicas no tardaron en llegar y en erosionar la confianza en un espacio que había provocado mucha simpatía entre unos votantes decepcionados por la respuesta de los partidos tradicionales a la dura crisis económica.

La polémica por el incidente nocturno con la Policía Local de una de las diputadas, que provocó una división sobre cómo proceder (Villares defendía su expulsión y los cercanos a Podemos, que no dejase el acta) fue una de las oportunidades en público que permitieron dejar ver que la situación no marchaba bien. Pero solo fue una ola entre una gran tormenta.

Las discusiones sobre si se debía votar a favor de los Presupuestos en el Congreso, que acabaron con una diputada del conocido como Grupo Confederal votando en contra (la afín a Villares), unas elecciones primarias por el control de En Marea como partido y no como coalición, en las que ganó Villares al sector crítico, que acusó de pucherazo al lucense y sus cercanos, no hicieron más que tensar la cuerda. Y todo eso se empezó a notar en los comicios que se comenzaron a suceder.

El drama por la aprobación de los presupuestos se produjo con unas cuentas que finalmente fueron fallidas y que provocaron la convocatoria anticipada de elecciones generales. Fueron el 28 de abril, y de aquellas la idea de una confluencia de todos los actores que habían concurrido juntos en los comienzos de Podemos ya no era posible. Para esas elecciones se presentaron por una parte Podemos e IU, con Galicia en Común, y por su parte En Marea. Los resultados ya avisaron de que algo no iba bien: de cinco escaños se pasaba a los dos que consiguió En Común, en un momento, eso sí, de bajada generalizada en todo el país de Podemos. En Marea se quedaba poco por encima del 1%, una cifra muy baja, que poca gente se podía esperar que fuese a llegar al 0,2% que sacó este espacio en su unión con Compromiso por Galicia y el Partido Galeguista, la opción con la que se presentaron a las elecciones de este domingo los divorciados de Podemos.

Todo parecía indicar que la unión de los 14 diputados autonómicos era ya pura conveniencia, y cuestión de semanas que se produjese un divorcio. Divorcio que ya había tenido lugar en esas generales del 28 de abril y también en las municipales y europeas del mes siguiente. Fueron otro serio correctivo para ambos espacios: para Podemos y afines porque perdían sus gobiernos del cambio y quedaban en posiciones muy bajas en las ciudades que los habían encumbrado hacía cuatro años. Para En Marea, por prácticamente quedar barridos del panorama municipal, salvo alguna honrosa excepción. Dio la casualidad de que la división provocó hasta tres candidatura distintas del mismo espacio en municipios como Lugo, donde las tres papeletas se quedaron fuera al no alcanzar el 5%, aunque entre ellas sumaban más de un 10% de los sufragios.

También se produjo en estos comicios la imagen de frialdad hacia algunos espacios del cambio que habían sido claves en las municipales del 2015: la visita de Pablo Iglesias en esas elecciones fue a Vigo, a apoyar a una Marea que nada tenía que hacer contra Abel Caballero, y a Ferrol, donde Jorge Suárez sí gobernaba. Nada de los dos grandes bastiones gallegos: Santiago y La Coruña. De alguna manera el 12-J ha servido para volver a juntar a estos actores y volver a ver unidos en un mismo escenario a Iglesias y, por ejemplo, a Martiño Noriega, al ser candidato de su propia oferta electoral.

Fue un puesto en la Cámara Alta el que hizo que finalmente todo volase por los aires. El grupo, como segunda fuerza, debía escoger un senador de representación autonómica. Ese elección supuso la ruptura definitiva, después de que los afines a Podemos e IU, sector mayoritario, anunciasen que el candidato José Manuel Sande había sido elegido, con los votos en blanco de Villares y sus tres afines.

Antes, un comunicado afirmaba que la dirección «no aceptaba» esta votación, ya que el nombre debía elegirlo el partido En Marea, al que los contrarios a Villares no daban legitimidad. Finalmente, el grupo se partió en dos, con Villares y sus tres diputados yéndose al Mixto y renunciando al senador, por lo que sería finalmente elegido Sande. Durante esta polémica la parte de Villares llegó a pedir las actas de los críticos por no «representar» a la formación. El portavoz vivió el intento de ser relegado por la mayoría del grupo, mientras él se negaba al rechazar la legitimidad para ello a los diputados: solo lo haría si el partido instrumental, que controlaba, se lo pedía. El paso se aplazó ante la proximidad, precisamente, de las municipales.

Con la repetición electoral de noviembre En Marea decidía no presentarse, tras no haber conseguido aunar a todas las fuerzas progresistas. Hubo toqueteos con el Más País de Íñigo Errejón, que no se llegaron a concretar. Finalmente, esta formación, con Carolina Bescansa como cabeza visible en Galicia, consiguió también resultados bochornosos. Galicia en Común (sin Anova, que no se presentó a las dos generales) volvía a sacar dos escaños: Antón Gómez-Reino y Yolanda Díaz. Volvía a ser un dato alejado de los grandes resultados de En Marea en 2015 y 2016.

Pero todas estas discusiones y peleas se sucedían mientras se acercaba vertiginosamente 2020, cuando se tenían que celebrar las elecciones gallegas. Al mismo tiempo, una BNG cohesionada recuperaba definitivamente el aliento que había perdido tras la aparición de este espacio a la izquierda del PSOE, lo que provocó la bajada brutal de los nacionalistas. También el PSOE estaba más fuerte y subía escaños en generales, autonómicas, municipales o europeas, alejando en España y Galicia cualquier idea de sorpasso. Mientras tanto, En Marea navegaba entre la posibilidad de presentarse a los comicios y Galicia en Común vivía la enésima tensión interna sobre cómo presentarse a los comicios, con las dudas de qué partidos formarían parte y quién sería el candidato elegido.

Llegaron las elecciones de abril, convocadas para el día 5. Para no dividir más a la izquierda, En Marea decide no presentarse. Luís Villares decide abandonar la política. La situación parecía despejada por esa parte, y finalmente, a ultimísima hora, el resto de formaciones (Podemos, mareas municipales, Anova e Esquerda Unida) llegaban a un acuerdo. El cabeza de lista sería Antón Gómez-Reino, secretario xeral de Podemos en Galicia y diputado, afín a Iglesias, desalojando de esa oportunidad a nombres más conocidos como el exalcalde de Santiago, Martiño Noriega, de Anova, y que fue de número tres por la lista de La Coruña. Por aquel momento aún parecía factible que Noriega pudiese sacar acta.

Pero la suspensión electoral lo cambió todo. El espacio de En Marea decidía presentarse a las elecciones del 12 de julio, al no ver suficiente la oferta del «tripartito de Sánchez» para desbancar a Feijóo. Los compañeros de viaje fueron dos minoritarios: Compromiso por Galicia (de centro/centro-izquierda) y el Partido Galeguista. Al final, En Marea, un partido nítidamente de izquierdas, apostaba por una candidatura más «transversal» que recibiría el nombre de Marea Galeguista.

Al mismo tiempo, Galicia en Común se preparaba para tratar de sacar rédito a las acciones tomadas por Unidas Podemos desde el Gobierno, en concreto, por la ministra gallega Yolanda Díaz, con la subida del salario mínimo o los ERTE como bandera. También el Ingreso Mínimo Vital de Pablo Iglesias. Comenzaba una campaña en la que era casi inevitable bajar pero el objetivo era mantener el grupo parlamentario y obtener un resultado similar al del BNG en 2016.

La pandemia no evitó que llegasen buena parte de los grandes nombres de la coalición a Galicia. Pero fue de menos a más: la primera semana ningún líder nacional se pasó por Galicia. Pablo Iglesias llegaría el segundo domingo de campaña con un mitin en Vigo, donde cobraron mucho más protagonismo sus declaraciones de las cloacas o el Caso Dina que las de Galicia. Sí que tuvo tiempo de mencionar el mensaje de que Feijóo no quiere gobernar Galicia, solo ser el recambio de Casado.

Los medios esa jornada apostaron en su mayoría por lanzar al aire sus mensajes sobre la polémica de la tarjeta del móvil robado por Villarejo más que por cualquier referencia en clave gallega. Volvía a mediados de la semana Iglesias a Galicia, en este caso en La Coruña. Allí el mensaje sería más gallego, e incluso pidió una nueva oportunidad a todos los que alguna vez habían apostado por su espacio en los últimos años.

También acudieron a Galicia el ministro de Consumo, Alberto Garzón, o Díaz, que hizo un esfuerzo final con varias apariciones. Su propia imagen aparecía en la cartelería de la coalición. Su nombre era recurrente en las intervenciones públicas de los candidatos y su presencia, la más ovacionada, era muy requerida, siendo recibida incluso en pie. Díaz se dio baños de masas en mítines como el de cierre de campaña en Santiago, donde se sacó fotos con los asistentes. Allí estaba también la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, otro de los rostros del cambio y que, ella sí, consiguió aguantar en el poder, aunque fuese con los votos de Manuel Valls, y solo para evitar un Gobierno de ERC. En cualquier caso, las expectativas de las encuestadoras eran bajas, pero no tanto como fue la realidad cuando se abrieron las urnas el domingo.

Antón Gómez-Reino explicaba a ABC esa misma tarde en una entrevista que buscaban con su presencia en un futuro tripartito que fuese un cambio real el de la Xunta, y no una mera continuidad. Si Galicia en Común estaba en San Caetano, se podrían hacer políticas más ambiciosas que si llegaban solo el PSdeG y el Bloque. Al final el casi 4% que obtuvieron no sirvió ni para entrar al Parlamento, aunque tampoco hubiese cambiado gran cosa si hubiese alcanzado la barrera del 5% en las provincias atlánticas. La cara de Gómez-Reino el domingo era el rostro de la sorpresa y la decepción. El ‘shock’ había llegado a la coalición: ningún escaño. Ni Eva Solla, que formó parte de la Mesa del Parlamento, estaría entre los 75 diputados. Tampoco el candidato Gómez-Reino, del que se llegaba a dudar sobre su mudaría del Congreso a O Hórreo en el caso de tener acta pero no sumar la izquierda. Él insistía que sí, que su viaje era con billete solo de ida.

De 14 a 0 en cuatro años. Sin paños calientes. Correctivo severísimo, al que el voto útil al BNG acabó por matar, dejándoles fuera pero cerca del Parlamento en La Coruña y Lugo, pero especialmente lejos en las otras dos provincias.

Al mismo tiempo, el BNG conseguía su objetivo de volver a ser relevante, de liderar la izquierda, aunque no el Gobierno gallego. Lo haría con un resultado todavía mejor que el de En Marea en 2016: a sus 6 actas se sumaban 13 más, 19. Mejor resultado histórico. La otra acta que perdió En Marea se iría al PSdeG, aunque Ana Pontón, la candidata del Bloque, insistía a ABC que los votos no tenían dueño, ya que cada uno es libre de votar a quien considere en cada elección. Por decirlo así, Pontón no se ha quedado los votantes del espacio rupturista: muchos de ellos, seguramente, ya habían apostado en el pasado, antes de la dramática escisión del partido, por su formación.

En la Marea Galeguista la situación era aún peor: el 0,22% de las papeletas, por detrás de Pacma. Aunque Galicia en Común, con su resultado, se quedó solo unas décimas por encima de Vox en provincias como Lugo u Orense.

Toca reflexionar ahora a una izquierda que solo baja en las elecciones celebradas en los últimos años, reduciendo su espacio electoral, que recuperan partidos como el PSOE o el BNG. Un votante volátil, que podría volver, pero al que hay que ofrecerle garantías e ilusión. Las dos cosas faltaron en la papeleta de Galicia en Común. Quedan todavía tres años para dar la batalla en las municipales y, si todo marcha correctamente, tres años y medio para unas generales. Tiempo por delante para que Podemos y aliados hagan los deberes, esta vez, siendo extraparlamentarios en Galicia. Algo impensable incluso el domingo poco antes del cierre de las urnas.

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