Felipe VI y los católicos españoles

agosto 12 10:47 2020

Hasta que no se anunció la presencia del Rey Felipe VI en el funeral por las víctimas del Covid, del pasado lunes en La Almudena, en la Conferencia Episcopal daban por supuesto que el acto iba a tener unas dimensiones domésticas. Pero la decisión del monarca y, todo hay que decirlo, las buenas gestiones del arzobispo castrense, monseñor Juan del Río, convirtieron la misa en un acto litúrgico que trascendía con mucho lo que los organizadores pensaban que iba a pasar.

Felipe VI, en continuidad con el Rey emérito don Juan Carlos, es un garante privilegiado tanto del reconocimiento del papel que la Iglesia, y de las confesiones religiosas, en la sociedad española como del ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia. Con un escrupuloso sentido de la responsabilidad de Estado, de la garantía constitucional de la aconfesionalidad y de la neutralidad, que no significa indiferencia, tanto la Iglesia católica, como el resto de confesiones, tienen en la persona de Felipe VI un privilegiado interlocutor.

Hay que agradecer a Felipe VI que no haya confundido la actual aceleración del proceso secularizador en la sociedad española, que incide en la generación de un proceso de pluralismo agudizado, con la pretensión de eliminar la dimensión pública del hecho religioso. La institución monárquica es un antídoto contra los procesos de ideologización de lo político en sentido primigenio. Cuando se está poniendo en duda el sustrato de la Constitución de 1978 y su adecuación a la realidad socio-religiosa, el Rey manifiesta una particular sensibilidad hacia lo que significa la cooperación con las confesiones. Entiende, como pocos, lo que significa que la práctica religiosa pueda ser relevante en la forma de vida de no pocos españoles.

El Rey Felipe VI, sin alardes ni ocultamientos, sabe mantener de forma natural y moderna esa dimensión de lo católico que está presente en la Monarquía, en su tradición familiar, con total respeto a la libertad de creencia de los ciudadanos y los principios constitucionales. Esperemos que en España, incluso en los ámbitos católicos, haya quedado atrás el debate sobre la accidentalidad de las formas de gobierno.

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