George Borrow, Pérez Galdós y Toledo

George Borrow, Pérez Galdós y Toledo
octubre 18 10:48 2020

En la pasada cuarentena establecida por el estado de alarma que decretó el gobierno para luchar contra el avance del coronavirus, me compré un e-book, porque desconfiaba de la manera habitual, hasta entonces, de acceder a los libros. Y la primera lectura que hice en esa «máquina» fue la de La Biblia en España del inglés George Borrow, tan asiduo visitante de nuestro país que era llamado con simpatía Don Jorgito el Inglés. Es su obra más conocida. Su primera edición inglesa, The Bible in Spain, data de 1843. Otra novela suya, muy difundida, Lavengro (1851), asimismo está traducida al español.

De carácter autobiográfico, describe la misión del escritor de vender biblias por toda España, encargo de la Sociedad Bíblica de Londres: la Sagrada Escritura sin notas, protestantes. Necesitando permisos para imprimir el Nuevo Testamento, Borrow se entrevista con el liberal Mendizábal, y el gracioso chiclano le replica: «¿Qué singular desvarío les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino cañones y pólvora para acabar con los facciosos [carlistas] y, sobre todo, dinero para pagar a las tropas». La Biblia en Españaes un delicioso libro de viajes, quizá el mejor libro de ese género escrito en inglés. En 1921 aparece en Madrid, en la Imprenta Clásica Española, la traducción, en tres tomos, de esta voluminosa obra, realizada y ampliamente prologada por el presidente de la República Española Manuel Azaña.

En este libro, que se lee como amena novela, llama la atención cómo el autor describe el atraso de España en esa época, primera mitad del XIX. Transcurre la primera guerra carlista, y ese ambiente de confrontación civil hace que todo progreso fracase. Retrata Borrow casi todas las poblaciones por las que pasa como sucias, ajadas, muy obsoletas, repletas de mendigos.

A finales de 1837, desde Madrid viaja a Toledo. Después, en un par de ocasiones más, recala en Villaseca de la Sagra. Siempre a caballo. En la ciudad del Tajo reside una semana. Todos los curas eran carlistas, tradicionalistas. Por eso, en un Toledo lleno de canónigos, al entregarle al librero sus biblias, le advierte: «¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?» En ese momento, una decadente Toledo tenía 15.000 habitantes. Elogia don Jorgito los frescos aljibes toledanos y habla de «la famosa campana de Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa campana de Moscú, que también he visto. Pesa 1.543 arrobas; su sonido es desagradable porque está rajada». Nombra al Greco como Domenico, el griego.

Se detiene también en la fábrica de armas. Los maestros con los que habla le aseguran que las antiguas espadas toledanas son “pura morralla», siendo unas joyas las actuales. Mostrándole una de ellas, un obrero le dijo: «Mejor espada que ésta no la ha habido para matar moros en la Sagra».

George Borrow se aloja en Toledo en la Posada de los Caballeros, y para él «existen muchos palacios menos suntuosos que esa posada». Y aunque el mobiliario era escaso y la comida «vulgar y casera», el inglés ha visto «pocos edificios tan imponentes». Me puse a indagar cuál sería ese edificio tan admirado por Borrow, y al cabo llegué a la conclusión de que con toda probabilidad La Posada de los Caballeros ocupaba un inmueble junto a la iglesia de San Nicolás. ¿Cierto?

La celebración del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós ha tenido mala suerte al coincidir con la pandemia. Por mi parte, el homenaje ha sido releerle en el confinamiento, teniendo pendiente aún la «toledana» novela Ángel Guerra en la entrañable edición de Hernando, de 1970, con inmejorable cubierta del también «toledanísimo» Celedonio Perellón, con quien más de una vez, in illo tempore, me emborraché empinando el activo vino peleón de la antigua taberna El Botero. Partíamos de la galería Tolmo, situada a la vuelta de El Botero.

Pues ya digo, en la cuarentena releí dos de las tres obras de Galdós que adaptó Buñuel para su cine: Nazarín y Tristana. Me ha faltado Halma, base de Viridiana. En la primera don Benito cuenta la historia de un idealista cura manchego, oriundo de Miguelturra, muy pobre y muy santo, que abandona su destino en Madrid, para recorrer los caminos en compañía de dos seguidoras, entregándose místicamente al prójimo. Esta historia Buñuel la traslada a México, donde el realizador vivía, resultando una espléndida cinta, protagonizada por Francisco Rabal, premiada en Cannes en el 59.

No me canso de ver Tristana una y otra vez. Mi recuerdo de la película es privilegiado, pues cuando se rodó en 1969, yo, viviendo en Toledo, contemplé algunas secuencias de la filmación. A don Luis nunca llegué a verle. A Catherine Deneuve, sólo una vez, de lejos, saliendo del hotel Carlos V. Sin embargo, a Franco Nero (al que se le achacaron varios hijos concebidos en vientres toledanos) lo divisaba pateando, siempre en compañía femenina, la Calle Ancha. Y con Lola Gaos (yo ya fumaba) mucho me topé en los estancos. Con Jesús Fernández, Saturno, tuve trato después. Se decía que el propio Buñuel citaba en las escalinatas del Rojas a los que habrían de actuar en el film como figurantes, escogiéndolos él personalmente. El pintor Pablo Sanguino fue uno de esos extras.

Tristana novela y Tristana película son muy diferentes. Empezando por la localización. Buñuel la traslada desde el madrileño barrio de Chamberí al centro de Toledo, homenajeando así a esa ciudad que al de Calanda le proporcionaba una gran añoranza. Y al adaptar la fábula originaria al celuloide, Buñuel crea un guión duro, adoptando una incontrovertible radicalidad. El juego que le da Saturno, chico hospiciano, sordomudo, al que en un momento Tristana le ofrece una descarada visión erótica, apenas cuenta en la obra de Galdós. Su madre, Saturna (Lola Gaos), sí es fiel a los patrones galdosianos. El pintor Horacio Díaz, el amor de Tristana, queda empequeñecido en la novela, resaltando más en la película; en el texto, Tristana nunca se va con él. El papel de Tristana, para Galdós, siempre es grácil, lo que no ocurre en la producción de Buñuel, presentada sin conmiseración frente a su amante-padre Lope Garrido (Fernando Rey). Y si en el final del film, la amputada Tristanita deja morir cruelmente al viejo Don Lope, en la novela, frente a la relación desigual, pero en el fondo muy comprensiva, entre el falso hidalgo y la manceba, pregunta Galdós inmediatamente antes del Fin: «¿Eran felices uno y otro? … Tal vez».

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