La gran marcha contra el racismo se convierte en un repudio a Trump

La gran marcha contra el racismo se convierte en un repudio a Trump
octubre 14 15:19 2020

Ni doce horas tuvo Donald Trump para saborear el dulce momento de su aclamación como candidato republicano a la reelección. Cuando comenzaba a amanecer este viernes en Washington, una multitud ya comenzaba a descender sobre el monumento a Lincoln, en rechazo del racismo y la brutalidad policial a apenas dos meses de las elecciones presidenciales. Aun con las restricciones impuestas por la pandemia, decenas de miles de personas se reunieron ante el mismo lugar en que hace 57 años el reverendo Martin Luther King Jr. dio uno de los más notables discursos contra el racismo en la historia de la humanidad, para repudiar no sólo la desigualdad, sino también a Trump y su presidencia.

Presentes, en la escalinata ante el monumento a Lincoln, estaban familiares de personas de raza negra muertas por agentes de policía, como George Floyd, Breanna Taylor, Rayshard Brooks, Ahmaud Arbery, Trayvon Martin o Eric Garner. Los nombres de estas víctimas se repetían una y otra vez durante enardecidos discursos de activistas y políticos que llamaban al voto el 3 de noviembre. «No estamos aquí simplemente para armar un espectáculo», dijo el reverendo Al Sharpton, activista a favor de los derechos civiles y organizador de la marcha. «El día de las elecciones no nos importará lo largas que sean las colas o las amenazas que padezcamos. Iremos a votar».

El 28 de agosto de 1963, King encabezó la llamada manifestación por el trabajo y la libertad en Washington, con el fin de reclamar igualdad laboral para las personas de raza negra. Junto a él marcharon al monumento a Lincoln más de 250.000 personas. En su discurso, el reverendo repitió las célebres palabras «I have a dream», o «yo tengo un sueño»: «A pesar de las dificultades a las que nos enfrentamos, tengo un sueño. Es un sueño que es en realidad el sueño americano. Tengo un sueño, que un día esta nación se ponga en pie para cumplir su credo: que todos los hombres son creados iguales».

En la marcha de este viernes se repitieron frecuentemente esas palabras, tras un ardiente verano de protesta racial, disturbios, saqueos, incendios y tensión con la policía. En mayo, la muerte en Mineápolis de George Floyd, asfixiado bajo custodia policial después de que un agente le hincara la rodilla en el cuello, propició las primeras protestas, que acabaron en la peor ola de disturbios en décadas. Trump movilizó a la fuerza de reserva en Washington y envió a agentes federales armados a tratar de ahogar el tumulto en Portland. Con el toque de queda declarado en la capital en junio, este mismo monumento a Lincoln que este viernes visitaron decenas de miles de personas quedó cerrado, acordonado y custodiado por cientos de militares enmascarados.

«En los Estados Unidos hay dos sistemas de justicia, uno para los blancos y otro para los negros», dijo ante el micrófono Jacob Blake padre, cuyo hijo fue herido de gravedad el domingo en Kenosha, una ciudad de Wisconsin, después de que un agente de policía le disparara en siete ocasiones a bocajarro por la espalda. Tras su discurso Blake dijo a varios de los medios reunidos que él mismo participó en la marcha de 1963 junto al reverendo King. «Perdónenme, pero estoy cansado, cansado de que siempre seamos los mismos los que sufrimos, la gente de color. Es hora de acabar con el racismo estructural de este país», añadió.

Las colas para entrar este viernes en el perímetro acordonado para esta manifestación era larguísimas, a pesar del asfixiante calor. Los asistentes se cubrían en su gran mayoría las bocas y la nariz con máscaras, en un intento de cumplir con las normas de las autoridades sanitarias para prevenir el contagio del virus. Muchos llevaban carteles con los lemas de la protesta racial, como «Las vidas negras importan». Otros exhibían pancartas con mensajes directamente contra Trump.

En la noche del jueves el presidente aceptó formalmente la candidatura republicana en un insólito discurso electoral ante la Casa Blanca, en el que pidió el voto y criticó duramente a Joe Biden. «En estas elecciones decidiremos si salvamos el sueño americano o permitirnos que una agenda socialista derribe nuestro destino compartido», proclamó el presidente, entre enfervorecidos aplausos. A pesar de las leyes que limitan el uso de recursos públicos para actos de campaña, Trump decidió aceptar la nominación republicana en la sede de la presidencia porque la pandemia ha impedido reunir al partido en un estadio abarrotado, como suele ser la norma.

Del candidato demócrata, vicepresidente entre 2009 y 2016, dijo que es débil, un radical, extremista, incompetente, ignorante, un hipócrita. Consciente de que su mayor desafío es la pandemia, que se ha cobrado más de 180.000 vidas y ha disparado el desempleo a cotas vertiginosas, Trump dijo: «Joe Biden no es la solución a este virus. Es una rendición ante el virus». Cada golpe a Biden —y hubo muchos— recibió un aplauso del millar de personas invitadas a la explanada trasera de la Casa Blanca, sentadas en sillas blancas, sin guardar la distancia de seguridad que recomiendan los expertos sanitarios y con pocas, muy pocas, máscaras. Entre el público estaba la gran mayoría de sus ministros, además de su familia al completo, distribuida en gradas elevadas.

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