Las cinco armas más letales de los sheriffs y los odiosos forajidos del Lejano Oeste

Las cinco armas más letales de los sheriffs y los odiosos forajidos del Lejano Oeste
septiembre 08 07:48 2020

Resulta fácil imaginar el inicio del clásico tiroteo del «far west». Los ingredientes están cristalinos: un bandido que llega, airado y ávido de revancha, a un pueblo minero a la puesta de sol y un sheriff que sale a su encuentro decidido a hacer cumplir la ley. ¿Hace falta más? Tristes precedentes como el intercambio de balas en OK Corral, enfrentamiento que encumbró al agente Wyatt Earp allá por 1881, así parecen atestiguarlo. Y si no, que se lo digan a los Billy el Niño, Jesse James o hermanos Dalton de turno; todos ellos, emblemas incólumes de que el Lejano Oeste y las armas de fuego dejaron tras de sí ríos y ríos de sangre.

Pero una vez más, amable lector, existen luces y sombras alrededor de esta imagen tan extendida por Hollywood y las películas de vaqueros de marca blanca, los «spaghetti westerns». No; aunque cueste creerlo, y según demostró el académico Robert McGrath ya en 1993, infracciones como «los asesinatos y los allanamientos» ocurrían con poca frecuencia en las ciudades. Y otro tanto sucedía con los asaltos a bancos, las violaciones o los tiroteos masivos. Aunque eso no quita que existieran y que fueran el atajo perfecto para que cuatreros y forajidos se hicieran con una buena suma de dinero o un rebaño huérfano que intercambiar por billetes. Crímenes palpables, en efecto, pero en ningún caso masivos.

Más cierto es que, para garantizar su seguridad en unas fronteras donde costaba tanto como un baño hacer cumplir la ley a los escasos agentes que vestían la estrella, era habitual que todo hijo de vecino luciera un revólver en su cinto o un rifle en la espalda. Al menos, y tal y como explican en sus obras autores como Stephen Aron (profesor de historia en la Universidad de California) o Adam Winkler (especialista en derecho constitucional estadounidense del mismo centro), en los ranchos privados, las minas, los fuertes, o los pueblos más alejados de la civilización. Los lugares más peligrosos, vaya.

Así pues, revólveres como el famoso Colt Single Action de 1873; rigles como los Springfield y los vetustos Henry; las escopetas de dos cañones o pistolas como la Vulcanic ayudaron a agentes de la ley, forajidos e indios por igual en sus andanzas por el «far west». Y es que, gracias a ellas, tareas como trasportar correo, llevar el ganado de un lado a otro o proteger un olvidado rancho de la frontera se hacían mucho más sencillas. Aunque, curiosamente, no fueron tan útiles a la hora de protegerse en las grandes ciudades ubicadas en Nevada, Kansas, Montana o Dakota del Sur, donde se restringió su uso en las calles en un vano intento por garantizar la seguridad.

Mucho se ha escrito de la conquista del Lejano Oeste, aunque la mayor parte fuera de nuestras fronteras. La verdadera historia del «far west» comenzó en el siglo XIX, época donde la guerra se había asentado en un continente todavía sin explorar y dominado aún por los nativos americanos en buena parte. La frontera –el territorio conocido y en el que vivían los estadounidenses- se hallaba en 1845 a la altura de Montana. Oklahoma y Luisiana, lo que aún dejaba un buen pellizco del país por anexionar. En principio, no se dio mayor importancia a este territorio, pero la superpoblación de las ciudades y la falta de trabajo provocaron que esta región se viera con otros ojos.

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, a la conquista de este inexplorado territorio partieron cientos de peregrinos que, muertos de hambre en sus hogares, poco tenían que perder. Acababa de comenzar, en definitiva, la toma del lejano oeste americano; un movimiento apenas planeado que incluyó a emigrantes de Europa, Oriente o México y, menos de una década después, también a unidades militares con órdenes de proteger a los viajeros y expulsar de sus tierras a los nativos a golpe de fusil y revólver. Y así nacieron también los pueblos fronterizos y mineros (estos últimos, favorecidos por la fiebre del oro de 1848), los ranchos, los fuertes y, en definitiva, todos aquellos emplazamientos que los largometrajes han retratado una y otra vez.

Sobre estos pilares no cuesta entender por qué se generalizaron las armas entre colonos y militares. Según explica Gregorio Doval en su «Breve historia del salvaje oeste», a la obligación de protegerse de los nativos americanos se sumó pronto la necesidad de salvaguardar las riquezas frente a los cientos de «cuatreros, timadores, rufianes, buscavidas y ladrones» que existían. Sujetos cuyo único medio de subsistencia era el latrocinio y que, en muchos casos, se habían dado a la mala vida tras fracasar en su búsqueda de oro. Entre sus objetivos predilectos se halló el sudoeste, cuyos habitantes se dedicaron de forma masiva a la cría de ganado para alimentar a los nuevos pueblos que emergían como setas.

En palabras de Doval, uno de los territorios más peligrosos tras la Guerra de Secesión (acaecida entre 1861 y 1865) fue Texas. «La renovación de muchos funcionarios locales, que habían sido fieles a la Confederación, y la imposición de la ley militar generaron un gran resentimiento y muchos pensaron en resarcirse tomándose la justicia por sus propias manos», desvela en su obra. Sus ciudades y pueblos se transformaron pronto en el perfecto caldo de cultivo para aquellos que ansiaban vivir al margen de la ley, huir de ella o contravenirla. Y qué mejor para lograr sus objetivos que valerse de armas como los revólvers o las escopetas.

Por último, la rápida colonización de regiones tan extensas como Kansas, Nevada, Colorado, Montana, Idaho o Wyoming, a las que tardaron en arribar los agentes de la justicia, motivó también el uso masivo de armas. «Esta situación, obviamente, era muy favorable para que la delincuencia floreciese en tierras que se habían convertido en el paraíso de la impunidad para ladrones, atracadores y asesinos», completa el autor español. Para los residentes en estas zonas, los Colt y los Winchester se transformaron en herramientas tan básicas como los picos y el lazo.

Entre las firmas más famosas del Lejano Oeste se hallaba Colt. Aunque no en sus momentos iniciales. Ejemplo de ello es que su fundador, Samuel, se vio obligado a cerrar su fábrica después de dar a conocer el que fue su primer prototipo, el Colt Paterson, en 1836. De nada le valió por entonces que la suya fuera la primera «pistola giratoria» efectiva de la historia. Por suerte para él, el arma se convirtió a toda velocidad en la más utilizada a lo largo y ancho del «far west» gracias a su bajo coste, su resistencia y su gran potencia de fuego. Por si fuera poco, los míticos Rangers de Texas terminaron de forjar su leyenda cuando reprimieron con ella a los comanches en 1841.

Mucho más famoso es el Colt Single Action Army Revolver (más conocido como «Peacemaker»). El mismo con el que el agente Pat Garrett segó la vida de Billy el Niño en Nuevo México allá por 1881 (en mitad de la noche y en su casa, eso sí, y no durante un épico tiroteo). Considerado por muchos oficiales como el arma más equilibrada y ergonómica de la época, se transformó desde que se generalizó su venta en 1873 en la predilecta de bandidos y hombres de ley. No en vano se fabricaron hasta 192.000 en el siglo XIX. Y eso, a pesar de que, en sus comienzos, fue diseñado para tropas a caballo.

Entre sus usuarios más destacados se hallaron los hermanos Dalton o el mismo Wyat Earp. Y no es para menos, pues era bastante barata para la época (apenas 17 dólares) y ligera (unas tres libras, menos de kilo y medio). Además de las ingentes ventas, el que fue un arma adorada por los «cowboys» queda patente en la infinidad de modelos de este revólver que Colt sacó al mercado. Por ejemplo, uno que disparaba balas del calibre .45 (el primero), otro de cañón corto o, a la postre, uno de calibre .44-40 (ideal para los pistoleros que portaban el rife Winchester 1873, pues usaba la misma munición). A su vez, se hizo famoso entre los sheriffs porque era lo bastante resistente como para golpear en la cara con su cañón a los forajidos sin sufrir desperfectos.

Quizá su mayor tara consistía en que era de acción simple: había amartillarlo tras cada uno de los disparos. Algo que las firmas paliaron en los años venideros al producir los revólveres de doble acción (aquellos en los que este proceso lo hacía el gatillo). En la noche en la que fue asesinado, tanto Billy el Niño como su verdugo, Patt Garret, portaban uno. El primero, un Colt 1877 que llevaba en el cinto; el segundo, un Merwin & Hulbert & Co que usaba solo en casos extremos.

Resulta curioso que a estas armas les costó ganarse el cariño de los vaqueros por su escasa fiabilidad inicial. Así lo explica el historiador Joseph A. Rosa en «The Gunfighter: Man or Myth?», donde narra que, cuando un vendedor aconsejó a un vaquero llevarse un revólver de doble acción en Nuevo México allá por 1884, este le mandó al infierno: «No vale ni unas judías. Nadie quiere algo así. Dame un arma vieja, pero que haya sido siempre fiable, y verás como dejo frío a alguien que sí se haya dejado engañar». En todo caso, se sabe que, durante la batalla de Little Bighorn, el teniente coronel George A. Custer combatió con dos de ellos. Y que no le sirvió de mucho…

En lo que se refiere a distancias largas, el arma más famosa del Lejano Oeste fue el rifle de palanca manual Winchester 1873 de calibre .40-44. Con más de medio millón de unidades fabricadas, esta arma se convirtió en la favorita de los vaqueros, agentes y forajidos occidentales gracias a su alta cadencia de disparo (una bala cada tres segundos, algo portentoso para la época), a su facilidad de uso, a su resistencia, a que era sumamente sencilla de limpiar y a que sus reducidas dimensiones hacían que fuese idónea para portarla a caballo. Sus usuarios más famosos fueron Patt Garret, el forajido Butch Cassidy o el presidente Teddy Roosevelt.

La potencia de fuego en el Salvaje Oeste la aportaban las escopetas de doble cañón de ánima lisa. Expertos en la época como el editor de la revista «True West», Phil Spangenberger, confirman que, en los primeros meses de la conquista, este tipo de armas eran las elegidas por los colonos. Fiables y muy baratas (se habla de hasta dos dólares si se compraban varias unidades) eran versátiles y fáciles de mantener. Su mayor tara era que había que recargarlas con mucha frecuencia; fallo que Winchester superó en la primavera de 1888 cuando diseñó la primera escopeta de repetición que tuvo éxito entre sus clientes. Disponible en dos calibres, este modelo fue el utilizado por Jeff Milton para acabar con uno de los últimos ladrones de trenes del «far west», Jack Dunlop.

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