Nick Cave, canciones de amor a quemarropa

Nick Cave, canciones de amor a quemarropa
noviembre 19 00:19 2020

Nick Cave (Warracknabeal, Australia, 1957) lleva años sin conceder entrevistas pero, en este caso, tampoco es que haga demasiada falta: todo lo que necesitamos saber para entrar en materia, para reseguir con la punta del dedo ese arco narrativo que va del tormento de The Birthday Party al éxtasis de los Bad Seeds, de la furia gótica de tupé imposible a las baladas mortuorias, se encuentra aquí. Sí, aquí. En los gozos y miserias (más de lo segundo que de lo primero, para qué engañarnos) de estas 450 páginas que recogen, una a una y en versión bilingüe inglés-español, todas las canciones que el australiano ha compuesto, rimado y cantado desde finales de los setenta hasta prácticamente anteayer. Desde los turbios gargajos industriales de «Prayers On Fire», primer álbum de The Birthday Party («Mi cuerpo es un monstruo demente», brama en «Zoo Music Girl»), a las sobrecogedoras exequias funerarias de «Ghosteen», álbum grabado con el corazón en un puño después que su hijo Arthur, de 15 años, se despeñase desde lo alto de un acantilado de Brighton y se dejase la vida en la ambulancia.

Un cancionero repleto de muerte y oscuridad, de dolor, drama y no pocas tragedias homicidas, que para el Señor Oscuro del Rock, antaño Príncipe de las Tinieblas y hoy icono chic del gótico atormentado, bien podría resumirse en una única idea: la búsqueda desesperada e incesante de la Canción de Amor. Porque, como el propio Cave dejó dicho en «La vida secreta de la canción de amor», conferencia pronunciada en 1999 en el South Bank Centre londinense y que se incluye ahora a modo de prefacio en esta «Obra lírica completa. 1978-2019» publicada en España por Libros del Kultrum, «la Canción de Amor debe resonar con los susurros de la tristeza y los ecos del dolor». «En la embrujada premisa del anhelo es donde la verdadera Canción de Amor habita. Es un aullido al vacío que clama al cielo amor y consuelo, y pervive en los labios del niño que llora a su madre. Es la canción del amante que se desespera por su ser querido, el delirio del lunático suplicante invocando a su dios. Es el desgarrador lamento del que, encadenado a la tierra, anhela alzar el vuelo, el vuelo hacia la inspiración, la imaginación, la divinidad», relata Cave. 

Es, en fin, el azote eléctrico de «Do You Love Me?», las torres de marfil desmoronándose de «Straight To You», el mullido abrazo de «Into My Arms!», el desconsuelo de «Nobody ‘s Baby Now», la inquietante fragilidad de «Girl In Amber»… Cita el autor de «The Mercy Seat» a Federico García Lorca para tratar de explicar «la extraña e inexplicable tristeza que anida en el corazón de ciertas obras de arte» y acaba concluyendo que «en la tecnocracia histérica de la música moderna, se obliga a la pena a hacinarse en la última fila del aula». Y eso, añade, representa poco más que la muerte de la canción de amor tal y como la conocemos. «Todas las Canciones de Amor tienen que tener duende porque la Canción de Amor nunca es, sencilla y llanamente, felicidad. Primero debe hacer suyo el potencial para expresar el dolor». Y en las canciones de Cave, como en la vida misma, amor y dolor son siempre las dos caras de la misma moneda. «Un gran letrista surca nuevas cartografías del alma y explora sus afluentes para dar cobijo a todos nuestros sueños, y cual ángel andante, toma tu mano, dándote la sensación, la ilusión, aunque sólo sea durante la efímera duración de una canción, de que no estás solo», escribe en el prólogo el novelista escocés Andrew O’Hagan.

Tampoco están solos Stagger Lee, Henry, Deana, Jack, el reo que aguarda turno en el corredor de la muerte, el Elvis gótico «Tupelo» y, en fin, todos esos personajes mellados, gente abollada encerrada en el arcón de los fantasmas de las navidades pasadas, que pueblan unas canciones que, argumenta Cave, deben ser llevadas «al reino de lo irracional, lo absurdo, lo distraído, lo melancólico, lo obsesivo y lo delirante». Un campo de juego por el que deambulan, pasen y lean, lunáticos que fingen ser santos, criminales sin demasiado que perder y amantes enredados en todas las fases del desamor. «Hay un diablo esperando fuera», que canta en «Loverman».

Parte de este misterio, de toda la magia insondable que anida en ese repertorio de amor y pérdida se esfuma, o por lo menos se diluye notablemente, cuando entra en escena el compositor aplicado que, lejos de perseguir musas a ciegas y retorcer la inspiración de formas a cual más exótica, escribe sus tragedias y elegías de la manera más sencilla posible. Esto es: tecleando en su oficina de 9 a 5, como una suerte de siniestro y espigado oficinista del rock. «Mi postura es: ¿por qué esperar si puedes sentarte y hacerlo? La inspiración no es algo que te llega, sino algo que creas tú. Hay que trabajársela», defendía Cave en una entrevista cuando se le preguntaba por su método creativo. «Voy a la oficina todos los días y trabajo. A veces las cosas vienen y a veces no», relativizaba.

Precisamente esa oficina, Valhala de la canción en la que han nacido incontables estrofas además de retorcidas novelas como «La muerte de Bunny Munro», es una de las atracciones de «Stranger Than Kindness», exposición que puede visitarse en Copenhague en la Biblioteca Real de Dinamarca hasta el próximo enero y que ahonda en el universo creativo de Cave a partir de más de 300 objetos. Manuscritos, fotografías, libros e instalaciones comparten protagonismo con minuciosas réplicas de la habitación de Berlín en la que vivió el australiano a mediados de los ochenta o de una oficina en la que los libros se amontonan a escasos pasos de donde Cave obra su magia y pergeña versos como «largo tiempo lleva encontrar la paz, la paz / Y sólo estoy esperando que llegue mi hora / Y sólo estoy esperando que llegue la paz», despedida y cierre del cada día más escalofriante «Ghosteen».

Se encerró Nick Caveel pasado mes de julio en el Alexandra Palace, fantasmagórico teatro victoriano situado al norte de Londres para, a solas con su piano y con toda esa pena que lleva macerando desde 2015, firmar un recital memorable. Un concierto en riguroso diferido y de pago obligado (casi 18 euros por conectarse el día de la emisión) con el que Cave, traje negro y cabello permanente embetunado, se coló en el salón de casa para arrimar el hombro, sortear el desconsuelo desde el filo del teclado y, ya puestos, susurrar alguna que otra atrocidad. La actuación, una experiencia catártica y casi litúrgica que Cave grabó en plena pandemia, tendrá una nueva vida a partir del próximo mes de noviembre, cuando «Idiot Prayer. Nick Cave Alone at Alexandra Palace» llegue a los cines en formato película y a las tiendas y plataformas como álbum en directo. Tanto el disco como el filme reproducirán una velada en la que, sin la coraza eléctrica de los Bad Seeds, Cave se sacó de la chistera estrenos como «Euthanasia» y deambuló por el filo de la tragedia sin llegar a perder pie. De hecho, no fueron «Ghosteen» y «Skeleton Tree», discos publicados tras la muerte de su hijo, los más citados de la noche, sino que la palma se la llevó «Boatman’s Call», álbum de desamores y heridas en carne viva que compuso a finales de los noventa como terapia tras su ruptura con PJ Harvey.

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